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Publicación de Nuestro compñero de trujillo Jose Antonio Ramos (www.digitaldeextremadura.com) del 14 de marzo de 2014.

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Artículo publicado en el diario HOY, el día 29 de diciembre de 2013, en el número extraordinario aparecido para conmemorar los 80 años de la fundación del periódico. Págs. 38 y 39

DE ESTANISLAO A OBAMA

Feliciano Correa

Alguien le había regalado una pelliza de cuero que le quitó a un muerto en la Batalla del Ebro. No sé si sería una prenda de vencedor o de vencido según el parte oficial, porque en las guerras civiles todos pierden. Era, claro que sí, una prenda de otro mundo, de aquel espacio con olor a azufre y a dinamita, donde como música de fondo se escuchaba el sonsonete tembloroso de la dentadura de una metralleta y también, a modo de consuelo gratuito, canciones de guerra. Pero Estanislao presumía de aquella chamarra cual si fuera nueva y la exhibía como una condecoración. Su estampa encorvada se deslizaba hacia mi casa y recuerdo que al entrar por el largo pasillo de la vivienda, arrastraba los pies y se rozaba con las macetas pilistras que mi madre había colocado a modo de cosacos verdes a un lado y a otro como fieles vigilantes de la estancia.
Nunca supe dónde vivía y siendo yo ya mayor, tampoco indagué sobre su familia, o si estaba solo o si tenía hijos. Es como si su figura hubiera bastado para impresionarme y llenar todos mis registros de curiosidad.
Sus manos eran gordas, casi parecían hinchadas, con los dedos amorcillados y tatuados de sabañones. Semejaban sus grietas dactilares testigos sufridores de toda una vida, estampa de dos almas gemelas que a la par habían bregado en otro tiempo en el agro, cuando todo el mundo por estas tierras era gente de campo. No me extraña que exista la quiromancia, porque las manos también son el espejo que enseña por sus surcos la senda recorrida.
A modo de bandolera, y sobre esa guerrera tan acharolada como si cada día un cuidadoso betunero cepillara la prenda, sujetaba un carterón que descansaba sobre su cintura y llegaba hasta medio muslo. Era de cuero y a cada lado del inmenso bolso colgaban dos hebillas que jamás cerraba, pero valían como un morse tintineante ya que cuando Estanislao andaba iba avisando de su llegada, algo parecido al anuncio que precedía a la administración del viático al hacer sonar los monaguillos la campanilla por las calles para que los hombres se quitaran sus boinas y las mujeres se arrodillaran.
Al llegar junto a la mesa camilla donde estaba mi padre, estiraba su mano derecha que era como una lengua troceada, la introducía dentro del cuero barnizado y de ahí extraía un ejemplar del periódico HOY.
España era todavía en esos años de posguerra un corralón de singularidades que convertían el paisaje humano en un delicioso caleidoscopio de estampas irrepetibles. No había llegado la televisión para planchar lo genuino y convertir a los ciudadanos en seres multicopiados, en una especie de maniquíes pret-a-porter de escaparates.
Tengo en mi mente todavía a un personaje que recogía la basura con dos burros grisáceos, pequeñitos y fieles, portadores de serones en los que Campanario -que por tal nombre era conocido el basurero-, depositaba los escuálidos desperdicios que salían de las casas en cubos de zinc. Eran escasos restos de aquella existencia frugal en el comer, y donde los cartones o papeles siempre tenían utilidad; bien para forrar libros, para encender el fuego, para colocarlos en el suelo y arrodillarse cuando todavía no se había inventado la fregona de palo. No había plásticos ni persona alguna imaginó entonces ese nefasto lema incitador del consumo atroz que dice "tírese después de usado".
Zotea fue el último pregonero de mi ciudad, llevaba una corneta abollada y se colocaba en las esquinas para anunciar que había llegado un camión de melones y se vendían muy baratos en la Plazoleta de los García. Con voz rasgada por el frío y el aguardiente, contaba cuándo había pescado fresco, que luego veíamos pasear en cajas de madera con trozos de hielo entremezclados, donde las sardinas llevaban helechos tendidos en sus panzas evitando que se pegaran unas con otras y pareciendo la cobertura vegetal un sudario verdoso para los peces. El buen Zotea no tenía ningún género de megafonía, por lo que recurría al silencio de vecinos, quienes se agolpaban como ratones de Hamelín al sonido de su trompetilla.
También mantengo la estampa de un hermano lego, portero del convento de gruesos muros que estaba a pocos metros de mi casa, de cuyas estancias abovedadas salían los acordes del gregoriano en las tardes de estío, haciendo de esas horas interminables un rezumbar plomizo, que engordaba la cancamurria indefinible donde se embalsamaba el tiempo. El órgano de pedal parecía jadear por las traqueas de aquel fuelle de pulmones perforados de tanto traqueteo, siempre empujado por manos de novicio. Pero a pesar de la cercanía, yo jamás supe cómo se llamaba el canoso auxiliar de frailes que con su sotana deshilachada y tal vez heredada, paseaba por la puerta conventual como el bueno de fray Escoba que tanto asombró a Marcelino Pan y Vino. Cuando el sol alejaba su brasa y nos permitía salir a la calle, se escuchaba el ruido de su escobón lamiendo el empedrado de la puerta del convento e incluso aseaba un trozo de la estrecha "Calleja de los Frailes" donde jamás entraba el sol.
Pero de todos esos tipos únicos que en mi memoria son como cromos pegados al álbum imborrable hecho ya retrato amarillo de mi niñez, es Estanislao el que más presente y definido tengo en el disco duro de mis sensaciones. Seguramente porque antes de que yo supiera andar y pudiera salir a la calle a conocer esas otras figuras que menciono, era el vendedor del periódico el que entraba en mi casa a diario y yo, andando a gatas, fui tempranamente auscultando su figura, su voz y sus manazas para formatearlas según crecía en ese cofre silencioso que todos tenemos y donde tantas postales duermen.
Aquel hombre blindado como un neandertal de nuestro tiempo, que vestía pieles a modo de promesa laica, tenía una voz que parecía de susurro cavernario, y siempre al llegar y poner el periódico encima de la mesa leía el titular de portada y se iba, escuchándose las pisadas de sus botas y el venteo de las macetas a su paso.
Mis hermanos y yo desayunábamos tostadas encima de aquella camilla con enaguas y brasero encendido con carbonilla de encina, pero al llegar Estanislao y soltar el diario encima de la mesa, ya no olía a pan calentito, porque las letras portadoras de aquella tinta fresca, escanciaban su singular mejunje, compañero de trasnoches atusados de café, plomo y ginebra en los talleres de prensa, sobre el aire acogedor del comedor.

Al cumplir yo los 17 años probé fortuna para ver si era verdad que aquel periódico HOY, amigo de casa de toda la vida, hacía sitio a un texto mío. Desde que mandé por correo postal y con sello de Franco mi escrito, madrugaba más para saber si mis atrevidas letras se merecían un espacio en el diario de Estanislao. Yo era el lector más madrugador del pueblo, acudiendo a la parada del autobús para comprar el diario. Buscaba mi nombre como disimulando, pero no aparecía. ¡Ya me maliciaba yo que ese director...! decía para mis adentros. Pero un día se publicó, ¡qué emoción! Ni al verlo me lo creía del todo. Lo coloqué debajo del brazo y me di una vuelta por la plaza para ver si veía a algún amigo, pero a esas tempranas horas de aquel verano a nadie encontré. Luego me senté en el sillón de mi padre y, con una naturalidad forzada, me puse a repasar una página tras otra sabiendo que llegaría, por fin, a la mía, "donde salía mi nombre". Pensé en la gente que me leería y comprendí por primera vez y ya para siempre la fuerza y la trascendencia de la prensa escrita. Eran pocos los que leían periódicos, pero sí recuerdo que el librero Colomer y un amigo de mi padre, Carlos Angulo Coronel, me llamaron la atención para felicitarme. Eso ya me compensaba de la larga espera y de la incertidumbre. Aquella noche, antes de dormir, y ya en la cama, volví otra vez a emborracharme de satisfacción, y de tinta, pues de tanto manoseo las hojas se iban quedando en mis dedos, parecía que la prensa escrita era también ya parte de mí mente y de mi cuerpo.
Durante mi estancia en Madrid donde la vida me llevó con una beca, cuando podía iba a comprar el HOY a un quiosco que se encontraba cerca del Metro de Callao, en la Gran Vía, justo delante de una sala de fiestas que se llamaba Pasapoga. Iba y volvía en metro y durante el viaje de regreso desde Callao hasta Diego de León, leía las noticias de mi tierra.
Mis dos maestros de los lejanos años infantiles, Casimiro González y Luis González Willemenot, fueron corresponsales de HOY y colaboradores. Luis incluso firmaba como columnista una sección muy celebrada y rimada en la prensa regional que aparecía bajo el título de "Humor en verso". Creo que de los dos y de esa curiosidad que me infundió sin él saberlo el enjuto y acartonado repartidor de prensa susurrando día a día los titulares, heredé mi devoción literaria y al periodismo, que fue creciendo y que me ha permitido explayar buena parte de mis inquietudes. Y en gran medida y al hilo de la actualidad, ha sido el diario HOY el periódico depositario de no pocas inspiraciones.
Puedo confesar por todo ello que la prensa escrita que llegaba a mi pueblo fue mi primera escuela de periodismo. Incluso en aquel viejo Madrid de censuras y grises, y durante los años de mis estudios universitarios y mi vida en otras ciudades, jamás estuve ajeno a algún diario, pues creí, y creo, que el periodismo tiene categoría literaria y estilo propio, con la misma razón con que la pueda contener la poesía o el ensayo.
Cuando el día 4 de noviembre de 2008, Barack Obama se convirtió en Presidente de los EE UU por el Partido Demócrata, yo leí la noticia en HOY. Tengo bien clara aquella mañana, porque al verlo en la fotografía, acharolado de rostro como aquel Estanislao de mi pueblo, pasó por mi mente la resumida historia al considerar que un diario es, con todos sus defectos y gazapos, el pulso de nuestra propia vida. Somos en parte lo que leemos en la prensa y en cierto modo si el hombre hace a la noticia, también es verdad que la noticia hace al hombre.
Cuando yo nací ya estaba el HOY en la calle, y es seguro que cuando muera seguirá llenando las mañanas de papel nuevo en los mostradores de los quioscos y se colará en los buzones y volará antes de amanecer desde una moto en marcha hasta un balcón o un jardín. El periódico es parte sustantiva de la vida del hombre de nuestro tiempo, pero la prensa, en contra de lo que se crea, tiene vida propia. Unas veces nos ofrece la noticia y otras la provocamos, pero el diario custodia un corazón aparte que late por su cuenta y nunca se le domina del todo. Ni la redacción, ni el periodista, ni el director de prensa puede torcerle el pulso a la realidad, ha de contarla, y a veces intentar interpretarla, pero la vida y el periódico siguen su curso por encima de la voluntad del que lo escribe.
Desde aquel Estanislao de chamarra color de chocolate, hasta ver a "Un Negro en la Casa Blanca" he sido testigo en mis días del enorme salto del calendario, que ha transitado desde el burro al ordenador, y de lo que en esta tierra extremeña sucedía entretanto; bien cuando estaba domiciliado en ella como cuando estaba lejos. Y esa es una gratitud que al periódico debo, a un ente que tiene cabeza que llamamos cabecera, y columnas, y color, y cada día amanece con una cara, como nosotros; pues tal vez la cara del periódico sea, como ninguna otra cosa, la definición de la sociedad, el reflejo en letras del alma de la calle. Con ese nuevo semblante, como cada vecino, estrena la luz para ayudar a comprender lo que sucede y afilarnos la percepción para que podamos saber más de nosotros mismos. Cada mañana, querido lector, al leer el periódico, también nos miramos al espejo.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO HOY, EL DÍA 7 DE ENERO DE 2014. Página 14.

QUÉ ES LA MAGIA DE FIN DE AÑO

Feliciano Correa

Cuando un año se liquida a otro, en ese cruce de caminos donde el mundo entero es consciente de que atraviesa una frontera, emerge en la mayoría de las personas una desdibujada emotividad, es como un hormigueo que invita a mirar atrás sabiendo sin embargo que todo eso que sucede es indescifrable.

Podemos achacar ese sabor confuso que sentimos a la liturgia convenida de regalos: escaparates atusados de luces de colores, abetos disfrazados con plásticos y una puesta en escena cada vez más condimentada de carnaval. Todo ello puede contribuir a abrir en cada uno de nosotros esas habitaciones de interiores que el corazón custodia celosamente el resto del año; pero la causa es lo de menos, importa el hecho, porque aun queriendo sustraernos a la celebración, incluso intentando quedarse al margen del jolgorio haciéndose anacoreta por unas horas, es lo cierto que ese jalón divisorio del tiempo nos atiza un trallazo en el ánimo y altera con fuerza la melancolía. Uno se acerca a mirar por la ventana para ver qué sucede; es la ventana de siempre, ve idéntico paisaje, y aunque la imagen es siempre la misma, en el fin de año ya no es lo mismo. El mendigo de la esquina nos trasciende a otro plano y al contemplarlo sabemos entender que la caridad no ha de ser ese ejercicio que siempre realizan los otros. En esa auscultación plena de curiosidad, resulta que los ojos están conectados a una íntima sala de máquinas que trenza nuestro modo de sentir con un enfoque singular. Sí, ¡algo nos pasa! aunque seguramente, como decía Ortega y Gasset, "lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa".

Y venía yo en estas cuitas que precedían a las campanas, al compás que la húmeda madrugada quería aturdirse un poco haciendo honor a Baco para frenar lo que sin remedio nos atenaza por dentro, cuando en charla con Antonio Martínez de Azcona, -tan buen anfitrión de personas de todo el mundo y al que Zafra le debe un homenaje por su ejercicio de pulcro embajador-, cuando mi amigo me trajo a la siguiente consideración: - Déjalo, porque hay cajas negras en nuestra existencia que nunca podremos abrir. Es verdad que queremos, por ese ejercicio de averiguación que los racionales ejercitamos, trastear para conocer todo, sin pensar que la mayor parte de lo que nos circunda es algo inescrutable. El universo inmenso, la conducta humana, las fases de la luna, y esa sabiduría medida que hace llover cuando hace falta y que el sol caliente el campo para se doren lo trigales... toda esa precisa máquina del espacio que nos controla desde un gigantesco ordenador ubicado sabe Dios dónde, nos hace comprender, cuando alcanzamos la serenidad para meditarlo, lo grande que son nuestra acusadas limitaciones.

Creo que tiene razón mi amigo, si no somos capaces de aceptar el misterio como ADN ineludible de nuestra mismidad, estaremos siempre llamando a puertas que no se abren. Pues aun con ser bueno el ejercicio cavilante que mantiene engrasados los silogismos, hemos de repetirnos que lo desconocido y sus interrogantes forman cuerpo inseparable de la razón y de la emoción, por muy ligeros de equipaje que queramos viajar por este mundo. Tal vez para achicarnos la obsesión y separarnos un poco del código oculto de la vida en esos días, Charles Dickens o Azorín, entre otros muchos, escribieron sus bellos cuentos sobre la Navidad.

Y veníamos en estas consideraciones mientras nos rodeaba la familia y los amigos, cuando las campanadas del reloj nos sacaron del trance y desataron un delirio que solo es perceptible en ese trance, en el que la gente besaba sin conocerse, sonreía y deseaba a los demás todo lo mejor. Pareciera como si, temerosa de tantas miserias como se observan a diario, quisieran librarse de ellas cuando un año se esconde no se sabe dónde y colocamos un nuevo taco de hojas blancas de 365 días sobre la mesa del despacho. Tengo para mí que algo de miedo al futuro agita los buenos deseos, esa creencia no confesada de que si todos deseáramos lo mejor, tal vez nos libraríamos de lo peor. Sí, puede que el fin de año sea también superstición, como eso de llevar alguna prenda roja para llegar con ella a la otra orilla. Los maleficios o beneficios nos llegan y los presentimos de una manera distinta esa noche con el sonar de las campanadas, las lentejuelas o brindis... o incluso en los silencios entrecortados y cargados de dudas. La única verdad en esas horas, donde sin poderlo evitar del todo se agrandan las melancolías y las preguntas sobre el tiempo por venir, es que si lo profundizáramos un poco todo ello, caeríamos en la cuenta de que aun siendo tan pequeños en medio de ese asombroso espacio sideral que no nos cabe en la cabeza, tenemos sin embargo la excelsa capacidad de pensar; pensar en que sabiendo algo, lo ignoramos casi todo. Ese talismán que nos hace capaces de indagar, porque estamos dotados de razón, es en verdad a lo que llamamos magia y que nos dota de la genialidad de crear incluso lo que no comprendemos. Y es esto lo que nos lleva sin remedio a lo que llamamos duende, enigma, interrogante, magia, incógnitas, secreto... misterio a fin de cuentas, porque nuestra pequeñez nos aboca a ponerle nombres diferentes a lo que no sabemos. Porque, querámoslo o no, de un manera o de otra, entre el jaleo o en el mutismo más profundo, las emociones se ponen de pie mientras se renueva el almanaque y entonces, por nuestras debilidades, somos víctimas de emociones no pensadas, salidas de ese complot del hombre sobre el hombre, y que nos lleva a concluir que, en efecto, parece que algo pasa, aunque no sabemos lo que nos pasa, al cruzar la raya y encontrarnos con unos nuevos números en el calendario.

Artículo publicado en HOY, diario de Extremadura, el día 4 de marzo de 2014. Pág. 18.

EL FIN DE LA SUMISIÓN DE LAS MASAS

Feliciano Correa

Ante semejante red de perversión ¿quién protege a los menos favorecidos cuando el Estado de Bienestar hace aguas? ¿Quién limitará las "condescendencias legales" si son sus propios cacos de cuello blanco los que cuecen con sus manos el voto de la exculpación en el horno de los tribunales politizados? La inconsecuencia moral de los "unos" y de los "otros", pudre a España. El comisario Joaquín Almunia dice que "es una estupidez bajar los sueldos el 10% como pide el Fondo Monetario Internacional, ¡que se los bajen ellos!", agrega, mientras que en su casa entran 400.000 euros al año, al tiempo que su hijo pide beca del presupuesto público. Apunta el antiguo ministro de trabajo que en nuestro país han de hacerse más reformas, lo que quiere decir es que ha de aplicarse más palo fiscal a la mayoría social, mientras que el aparato hipertrofiado de políticos, sindicatos, banqueros y empresarios se sostiene apoyado en las espaldas exhaustas de las abejas domesticadas que ya no pueden ser más estrujadas.

Señoras y señores, el sistema capitalista no se enmendó en 1945 y ha vuelto por sus fueros, y lo peor es que debe ser tan apasionante el slogan de "todos queremos más" que ha contagiado incluso a los que se definían como de izquierda y amigos de la justicia distributiva. Con tal panorama el esclavo consumidor que madruga y cotiza siente en sus carnes el desvalimiento cuando recibe la nómina y comprueba cómo, antes de que él vea su sueldo, una serie de empresas y sociedades que cada año aumentan la cuenta de resultados, le han sisado, con la legalidad de su parte por supuesto, su achicada retribución.

¿Qué hacer ante tanta atrocidad? Una mayoría hasta ahora sumisa, está poniendo pies en pared. Los gobernantes la ven venir y ya ninguno querrá estar más de ochos años en el sillón, lo justo para cobrar una buena pensión por vida y escapar de la quema. Burgos, Rodear el Congreso, la Marea Blanca... son muestras de que las diversas formas del complot ambicioso caerá. La sociedad revienta por su base, mientras quieren recauchutarse los pinchazos del sistema endureciendo las leyes y poniendo cinchas y bridas a la libertad. La tribu abusadora ha de pensar que la era de los faraones votados un día para que luego hagan lo que les plazca, se acaba; y eso lo saben los tenderos, los taxistas, los policías, los médicos de guardia... que piensan que otro mundo más justo es posible; lo sabe hasta el Papa Francisco que va desguazando el vaticano de púrpura y boato.

El final de la sumisión de las masas en occidente se acerca como algo imparable, demostrando que la falsa democracia está agónica. Se anuncia un tiempo donde la participación ciudadana será mayor, donde la transparencia desde abajo hasta la Corona (si sigue) ha de estar al alcance de todos. Entonces conoceremos cómo se acortan tan separados escalones de renta.

La propuesta vendrá respaldada de la mano de ciertas mentes agudas que den forma a una nueva filosofía de la gobernación con propuestas de valores a estrenar. Si esto no se hace desde la cordura, acaecerá un periodo revolucionario de consecuencias imprevisibles. La sociedad será testigo del desguace de la arquitectura social tal como hoy la conocemos. Si ese trance llega sin remedio, no poco de lo bueno que habíamos alcanzado se destrozará.

El año 1929 aparecía la gran obra de Ortiga y Gasset, "La rebelión de las masas". Su diagnóstico de aquella realidad era bien distinta de la que hoy podemos hacer de la nuestra. Señalaba el filósofo que "las masas, por definición, no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad". Aquel mundo de clases ínfimamente asalariadas y aisladas, incultas y sin capacidad de alianzas, nada tiene que ver con la de hoy. Si entonces hacían falta minorías rectoras como gestores únicos de la decisión, hoy vamos hacia un modelo donde una ciudadanía más participativa protagonice también el futuro. Y en esas estamos cuando las redes sociales son una tela de opiniones de decisiva repercusión; de tal modo que una democracia abierta vendrá por las buenas o por esa presión cada vez más fuerte de la calle que quiere pasar de ser un ente estático y marginado a tener un claro papel decisorio. Va a morir la "sumisión de las masa", de la mayoría silenciosa y amilanada, y va a nacer una nueva "rebelión de las masas", que frenará la pernada que hoy sufre el contribuyente con el abuso ignominioso de los que viven creyendo que nadie será capaz de asaltar su fortaleza.

Artículo publicado en HOY, diario de Extremadura, el día 3 de marzo de 2004. Pág. 24:.

 

LA SUMISIÓN DE LAS MASAS

Feliciano Correa

La mayor parte de nosotros desaparecerá sin dejar en la memoria colectiva rastro alguno. Seremos aludidos sólo como parte de un tiempo, como pieza de una generación sufridora que cabalgó a la grupa de los siglos XX y XXI, como testigos de una catarsis social y pórtico de un cambio profundo.

Para situarnos diré que al concluir la II Guerra Mundial en 1945, las naciones ganadoras entendieron que los enormes abusos comenzados en el XIX por la rapiña enriquecedora que se inició en la revolución industrial, debería guardar ciertas formas para evitar la venganza de unas masas que se sintieron pieza y carne barata de empresas mata-obreros y patronos abusivos. A fin de disimular tan mala fama se van a inaugurar maneras distintas de comunicación con las clases obreras, a lo que se llamó neo-capitalismo. El mismo consiste en asumir en los nuevos modelos de relación laboral y de organización cívica, algunas de las reivindicaciones que la nueva izquierda había venido pidiendo desde su nacimiento en el año 1879, cuando Pablo Iglesias presentó su partido de clase obrera, socialista y marxista, pues el empuje del socialismo logró herir de modo significativo el lucro abusón del capital. Pero tras la paz de 1945, la enorme habilidad del poder político amancebado con el poder económico, va a propiciar una clase de abusos más sutiles. Por un lado la subvención encubierta a quienes logran hacer verdad el abrazo de las leyes con el negocio y, por otra parte, el mantenimiento de prebendas que se harán posibles por la mecánica de una precisa ingeniería financiera. A ello se unirá un vigilancia en la ciudadanía gracias al control que facilitan los sistemas informáticos; una electrónica manejada desde las cúpulas que será capaz de crujir a los autónomos y clases medias, sin apenas conocerse en tal proceder ni la compasión ni la solidaridad.

De tal forma que hemos llegado a asumir, como si narcotizados y aborregados estuviéramos, un atenazamiento sin precedentes. En esta situación el mundo occidental que gobierna engatusando con ciertas cotas de bienestar, logra mantener diferencias sociales de escándalo viendose a los mandamases del cotarro alcanzar sin rubor beneficios de afrenta; mientras cerca de ellos honrados ciudadanos no pueden hacer frente a la renta de sus casas, ni al recibo de la luz, ni tomar todo los días comida caliente.

El viejo súbdito que conocimos en el Antiguo Régimen logró alcanzar la categoría de ciudadano con los mentores del Siglo de las Luces, la Ilustración y la Revolución Francesa; aquellos pensadores creyeron que la cultura podía acabar con la tiranía y la ignorancia. Fue un gran paso sin duda, pero lo que resultaba inimaginable para cualquier profeta de la sociología era adivinar que el siglo XXI produciría generaciones de consumidores que, como abejas domesticadas, madrugarían cada jornada para ganar lo que luego se les escapa por las rendijas de los impuestos descomunales; todo manejado con deliberación y cálculo para que las obreras de la gran colmena no se escapen y dejen el fruto de su brega en las arcas que sostienen a legiones de zánganos y convidados. Tal desatino es posible porque los mismos recaudares, prestamistas, capitostes bancarios y consejeros de administración, son lo que dictan las leyes para engordar sus bolsas, viéndose como cosa tan normal la puerta giratoria para pasar del poder ejecutivo o legislativo a otros poderes fácticos, sujetos al slogan y al pasteleo cortesano de "hoy por ti y mañana por mí". Con tal canje entre mutuos benefactores, los beneficios se consolidan en la liturgia de la brega parlamentaria, aunque luego se exhiban enfrentamientos desde las distintas bancadas.

En esos graderíos vemos a diario cómo los más pintureros e influyentes cofrades de una clase pudiente y blindada engordan sus fortunas, merced al duro trajinar sacrificado de las clases con menos posibles. Mientras, cerca de ellos, se les aplica la cortedad alimenticia y las medicinas tasadas a los pensionistas, que han de elegir entre usar la tarjeta electrónica en la farmacia o pasarse a comprar la leche para los nietos. Sorprendidos primero pero acostumbrados luego, estamos asistiendo a un sistema de tribus con el logotipo tatuado en el carné, que exhiben sus excesos sin rubor alguno porque, y tienen razón, sus fechorías están dentro de la ley, que prepararon desde el escaño antes de pasar a los butacones mullidos del consejo de administración. En este escenario la moral se ajusta a la legalidad, aunque ésta sea ilegítima, de tal modo que el resultado es practicar una moral pervertida y laxa. Con tal modelo, que haría expulsarlos a palos del templo de la democracia si un nuevo Galileo surgiera entre nosotros, los unos y los otros, los democristianos y los socialdemócratas, se han hermanado en el trinque como cachorros mamones de una misma camada. Vemos como los capitostes deshonestos se reparten millones sin pudor, e incluso quienes han arruinado por sus abusos a las entidades financieras haciendo astillas a los clientes modestos, siguen asidos al cordel del presupuesto público que asume la quiebra. Esos mismos chorizos al salir de la ruina, reciben cuantiosas indemnizaciones porque, con la ley de su parte, previamente diseñaron el paraguas con beneficiosas cláusulas, de tal modo que quienes estrujaron hasta ahogar al banco donde fueron colocados por sus amigotes, son increíblemente premiados. Hace unas pocas semanas este mismo diario publicaba un reportaje sobre los comedores sociales, donde una madre narraba que baja las persianas pronto, para que sus hijos se vayan a la cama antes, porque no tiene dinero para darles de cenar. Y esto no sucedía en Biafra o Burkina Faso, sino en un barrio cercano. Todo esto es contemplado con vergüenza verdadera por modestos políticos honestos y ejecutivos decentes, a los que repugnan las fechorías de esos correligionarios que todo lo pueden y casi todo lo tienen.

Los currantes del montón, por muchas proclamas que quieran atontarles sobre el Estado de Derecho como justificación para el aguante, saben que son víctimas de una sanguijuela pegada por decreto a su propia piel. La masa es masa indefensa porque el sistema ha perfeccionado el marketing y una estudiada publicidad hace a los ciudadanos esclavos encadenados al consumo. Los contribuyentes no son sino los modernos galeotes encadenados al servicio de los nuevos emperadores que doran sus carteras y sus rostros desde una cómoda proa de influencias. La mayoría sumisa no se percata de la perversión, porque la sofisticación tecnológica se ha puesto en marcha para controlar la conducta de la voluntad social. Aun así, este cuadro tan atroz no parece tener satisfecho a los ordeñadores de la vida de otros, que insaciables con sus sueldos millonarios, se afanan en el saqueo, sabedores de que si no hay reproche penal, en nada quedará el titular de prensa y pronto se olvidará su caso. Así, como en un juego de ruleta de revolver en las sienes, pasan el peligro sabiendo que no corren mayor riesgo porque el maestro armero desde el Boletín Oficial no ha puesto balas en el cargador. Podemos ver a unos principalísimos negligentes con vehículos blindados y aseados modales tocando la campanilla de Bankia, porque su tranquilidad les dice que luego, tras la alarma en el noticiario, colocarán sus posaderas calentitas en los gruesos almohadones del Banco Santander o en Telefónica y, aquí paz y después... dinero.

La aristocracia bancaria de chanél y caoba vive mullida en connivencia con el aparato político; hay apaño y amaño para hacer todo legal aunque no sea ilegítimo. Mientras, el hambre, el frío, la soledad, el paro y la ancianidad indigente pasan sus últimos aguantes en las colas del desempleo o a la espera de la intervención quirúrgica. ¿Qué hacer ante este cuadro? Lo meditaremos mañana.

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http://support.apple.com/kb/HT1677?viewlocale=es_ES

Google™
https://support.google.com/chrome/answer/95647?hl=es&hlrm=en

Firefox™:
http://support.mozilla.org/es/kb/cookies-informacion-que-los-sitios-web-guardan-en-?redirectlocale=en-US&redirectslug=Cookies

Opera™ :
http://help.opera.com/Windows/11.50/es-ES/cookies.html

Android
http://support.google.com/android/?hl=es

Windows Phone
http://www.windowsphone.com/es-ES/how-to/wp7/web/changing-privacy-and-other-browser-settings

Blackberry
http://docs.blackberry.com/en/smartphone_users/deliverables/18578/Turn_off_cookies_in_the_browser_60_1072866_11.jsp

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