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Qué es la magia de fin de año (2014-01-07)

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO HOY, EL DÍA 7 DE ENERO DE 2014. Página 14.

QUÉ ES LA MAGIA DE FIN DE AÑO

Feliciano Correa

Cuando un año se liquida a otro, en ese cruce de caminos donde el mundo entero es consciente de que atraviesa una frontera, emerge en la mayoría de las personas una desdibujada emotividad, es como un hormigueo que invita a mirar atrás sabiendo sin embargo que todo eso que sucede es indescifrable.

Podemos achacar ese sabor confuso que sentimos a la liturgia convenida de regalos: escaparates atusados de luces de colores, abetos disfrazados con plásticos y una puesta en escena cada vez más condimentada de carnaval. Todo ello puede contribuir a abrir en cada uno de nosotros esas habitaciones de interiores que el corazón custodia celosamente el resto del año; pero la causa es lo de menos, importa el hecho, porque aun queriendo sustraernos a la celebración, incluso intentando quedarse al margen del jolgorio haciéndose anacoreta por unas horas, es lo cierto que ese jalón divisorio del tiempo nos atiza un trallazo en el ánimo y altera con fuerza la melancolía. Uno se acerca a mirar por la ventana para ver qué sucede; es la ventana de siempre, ve idéntico paisaje, y aunque la imagen es siempre la misma, en el fin de año ya no es lo mismo. El mendigo de la esquina nos trasciende a otro plano y al contemplarlo sabemos entender que la caridad no ha de ser ese ejercicio que siempre realizan los otros. En esa auscultación plena de curiosidad, resulta que los ojos están conectados a una íntima sala de máquinas que trenza nuestro modo de sentir con un enfoque singular. Sí, ¡algo nos pasa! aunque seguramente, como decía Ortega y Gasset, "lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa".

Y venía yo en estas cuitas que precedían a las campanas, al compás que la húmeda madrugada quería aturdirse un poco haciendo honor a Baco para frenar lo que sin remedio nos atenaza por dentro, cuando en charla con Antonio Martínez de Azcona, -tan buen anfitrión de personas de todo el mundo y al que Zafra le debe un homenaje por su ejercicio de pulcro embajador-, cuando mi amigo me trajo a la siguiente consideración: - Déjalo, porque hay cajas negras en nuestra existencia que nunca podremos abrir. Es verdad que queremos, por ese ejercicio de averiguación que los racionales ejercitamos, trastear para conocer todo, sin pensar que la mayor parte de lo que nos circunda es algo inescrutable. El universo inmenso, la conducta humana, las fases de la luna, y esa sabiduría medida que hace llover cuando hace falta y que el sol caliente el campo para se doren lo trigales... toda esa precisa máquina del espacio que nos controla desde un gigantesco ordenador ubicado sabe Dios dónde, nos hace comprender, cuando alcanzamos la serenidad para meditarlo, lo grande que son nuestra acusadas limitaciones.

Creo que tiene razón mi amigo, si no somos capaces de aceptar el misterio como ADN ineludible de nuestra mismidad, estaremos siempre llamando a puertas que no se abren. Pues aun con ser bueno el ejercicio cavilante que mantiene engrasados los silogismos, hemos de repetirnos que lo desconocido y sus interrogantes forman cuerpo inseparable de la razón y de la emoción, por muy ligeros de equipaje que queramos viajar por este mundo. Tal vez para achicarnos la obsesión y separarnos un poco del código oculto de la vida en esos días, Charles Dickens o Azorín, entre otros muchos, escribieron sus bellos cuentos sobre la Navidad.

Y veníamos en estas consideraciones mientras nos rodeaba la familia y los amigos, cuando las campanadas del reloj nos sacaron del trance y desataron un delirio que solo es perceptible en ese trance, en el que la gente besaba sin conocerse, sonreía y deseaba a los demás todo lo mejor. Pareciera como si, temerosa de tantas miserias como se observan a diario, quisieran librarse de ellas cuando un año se esconde no se sabe dónde y colocamos un nuevo taco de hojas blancas de 365 días sobre la mesa del despacho. Tengo para mí que algo de miedo al futuro agita los buenos deseos, esa creencia no confesada de que si todos deseáramos lo mejor, tal vez nos libraríamos de lo peor. Sí, puede que el fin de año sea también superstición, como eso de llevar alguna prenda roja para llegar con ella a la otra orilla. Los maleficios o beneficios nos llegan y los presentimos de una manera distinta esa noche con el sonar de las campanadas, las lentejuelas o brindis... o incluso en los silencios entrecortados y cargados de dudas. La única verdad en esas horas, donde sin poderlo evitar del todo se agrandan las melancolías y las preguntas sobre el tiempo por venir, es que si lo profundizáramos un poco todo ello, caeríamos en la cuenta de que aun siendo tan pequeños en medio de ese asombroso espacio sideral que no nos cabe en la cabeza, tenemos sin embargo la excelsa capacidad de pensar; pensar en que sabiendo algo, lo ignoramos casi todo. Ese talismán que nos hace capaces de indagar, porque estamos dotados de razón, es en verdad a lo que llamamos magia y que nos dota de la genialidad de crear incluso lo que no comprendemos. Y es esto lo que nos lleva sin remedio a lo que llamamos duende, enigma, interrogante, magia, incógnitas, secreto... misterio a fin de cuentas, porque nuestra pequeñez nos aboca a ponerle nombres diferentes a lo que no sabemos. Porque, querámoslo o no, de un manera o de otra, entre el jaleo o en el mutismo más profundo, las emociones se ponen de pie mientras se renueva el almanaque y entonces, por nuestras debilidades, somos víctimas de emociones no pensadas, salidas de ese complot del hombre sobre el hombre, y que nos lleva a concluir que, en efecto, parece que algo pasa, aunque no sabemos lo que nos pasa, al cruzar la raya y encontrarnos con unos nuevos números en el calendario.

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