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De Estanislao a Obama

Artículo publicado en el diario HOY, el día 29 de diciembre de 2013, en el número extraordinario aparecido para conmemorar los 80 años de la fundación del periódico. Págs. 38 y 39

DE ESTANISLAO A OBAMA

Feliciano Correa

Alguien le había regalado una pelliza de cuero que le quitó a un muerto en la Batalla del Ebro. No sé si sería una prenda de vencedor o de vencido según el parte oficial, porque en las guerras civiles todos pierden. Era, claro que sí, una prenda de otro mundo, de aquel espacio con olor a azufre y a dinamita, donde como música de fondo se escuchaba el sonsonete tembloroso de la dentadura de una metralleta y también, a modo de consuelo gratuito, canciones de guerra. Pero Estanislao presumía de aquella chamarra cual si fuera nueva y la exhibía como una condecoración. Su estampa encorvada se deslizaba hacia mi casa y recuerdo que al entrar por el largo pasillo de la vivienda, arrastraba los pies y se rozaba con las macetas pilistras que mi madre había colocado a modo de cosacos verdes a un lado y a otro como fieles vigilantes de la estancia.
Nunca supe dónde vivía y siendo yo ya mayor, tampoco indagué sobre su familia, o si estaba solo o si tenía hijos. Es como si su figura hubiera bastado para impresionarme y llenar todos mis registros de curiosidad.
Sus manos eran gordas, casi parecían hinchadas, con los dedos amorcillados y tatuados de sabañones. Semejaban sus grietas dactilares testigos sufridores de toda una vida, estampa de dos almas gemelas que a la par habían bregado en otro tiempo en el agro, cuando todo el mundo por estas tierras era gente de campo. No me extraña que exista la quiromancia, porque las manos también son el espejo que enseña por sus surcos la senda recorrida.
A modo de bandolera, y sobre esa guerrera tan acharolada como si cada día un cuidadoso betunero cepillara la prenda, sujetaba un carterón que descansaba sobre su cintura y llegaba hasta medio muslo. Era de cuero y a cada lado del inmenso bolso colgaban dos hebillas que jamás cerraba, pero valían como un morse tintineante ya que cuando Estanislao andaba iba avisando de su llegada, algo parecido al anuncio que precedía a la administración del viático al hacer sonar los monaguillos la campanilla por las calles para que los hombres se quitaran sus boinas y las mujeres se arrodillaran.
Al llegar junto a la mesa camilla donde estaba mi padre, estiraba su mano derecha que era como una lengua troceada, la introducía dentro del cuero barnizado y de ahí extraía un ejemplar del periódico HOY.
España era todavía en esos años de posguerra un corralón de singularidades que convertían el paisaje humano en un delicioso caleidoscopio de estampas irrepetibles. No había llegado la televisión para planchar lo genuino y convertir a los ciudadanos en seres multicopiados, en una especie de maniquíes pret-a-porter de escaparates.
Tengo en mi mente todavía a un personaje que recogía la basura con dos burros grisáceos, pequeñitos y fieles, portadores de serones en los que Campanario -que por tal nombre era conocido el basurero-, depositaba los escuálidos desperdicios que salían de las casas en cubos de zinc. Eran escasos restos de aquella existencia frugal en el comer, y donde los cartones o papeles siempre tenían utilidad; bien para forrar libros, para encender el fuego, para colocarlos en el suelo y arrodillarse cuando todavía no se había inventado la fregona de palo. No había plásticos ni persona alguna imaginó entonces ese nefasto lema incitador del consumo atroz que dice "tírese después de usado".
Zotea fue el último pregonero de mi ciudad, llevaba una corneta abollada y se colocaba en las esquinas para anunciar que había llegado un camión de melones y se vendían muy baratos en la Plazoleta de los García. Con voz rasgada por el frío y el aguardiente, contaba cuándo había pescado fresco, que luego veíamos pasear en cajas de madera con trozos de hielo entremezclados, donde las sardinas llevaban helechos tendidos en sus panzas evitando que se pegaran unas con otras y pareciendo la cobertura vegetal un sudario verdoso para los peces. El buen Zotea no tenía ningún género de megafonía, por lo que recurría al silencio de vecinos, quienes se agolpaban como ratones de Hamelín al sonido de su trompetilla.
También mantengo la estampa de un hermano lego, portero del convento de gruesos muros que estaba a pocos metros de mi casa, de cuyas estancias abovedadas salían los acordes del gregoriano en las tardes de estío, haciendo de esas horas interminables un rezumbar plomizo, que engordaba la cancamurria indefinible donde se embalsamaba el tiempo. El órgano de pedal parecía jadear por las traqueas de aquel fuelle de pulmones perforados de tanto traqueteo, siempre empujado por manos de novicio. Pero a pesar de la cercanía, yo jamás supe cómo se llamaba el canoso auxiliar de frailes que con su sotana deshilachada y tal vez heredada, paseaba por la puerta conventual como el bueno de fray Escoba que tanto asombró a Marcelino Pan y Vino. Cuando el sol alejaba su brasa y nos permitía salir a la calle, se escuchaba el ruido de su escobón lamiendo el empedrado de la puerta del convento e incluso aseaba un trozo de la estrecha "Calleja de los Frailes" donde jamás entraba el sol.
Pero de todos esos tipos únicos que en mi memoria son como cromos pegados al álbum imborrable hecho ya retrato amarillo de mi niñez, es Estanislao el que más presente y definido tengo en el disco duro de mis sensaciones. Seguramente porque antes de que yo supiera andar y pudiera salir a la calle a conocer esas otras figuras que menciono, era el vendedor del periódico el que entraba en mi casa a diario y yo, andando a gatas, fui tempranamente auscultando su figura, su voz y sus manazas para formatearlas según crecía en ese cofre silencioso que todos tenemos y donde tantas postales duermen.
Aquel hombre blindado como un neandertal de nuestro tiempo, que vestía pieles a modo de promesa laica, tenía una voz que parecía de susurro cavernario, y siempre al llegar y poner el periódico encima de la mesa leía el titular de portada y se iba, escuchándose las pisadas de sus botas y el venteo de las macetas a su paso.
Mis hermanos y yo desayunábamos tostadas encima de aquella camilla con enaguas y brasero encendido con carbonilla de encina, pero al llegar Estanislao y soltar el diario encima de la mesa, ya no olía a pan calentito, porque las letras portadoras de aquella tinta fresca, escanciaban su singular mejunje, compañero de trasnoches atusados de café, plomo y ginebra en los talleres de prensa, sobre el aire acogedor del comedor.

Al cumplir yo los 17 años probé fortuna para ver si era verdad que aquel periódico HOY, amigo de casa de toda la vida, hacía sitio a un texto mío. Desde que mandé por correo postal y con sello de Franco mi escrito, madrugaba más para saber si mis atrevidas letras se merecían un espacio en el diario de Estanislao. Yo era el lector más madrugador del pueblo, acudiendo a la parada del autobús para comprar el diario. Buscaba mi nombre como disimulando, pero no aparecía. ¡Ya me maliciaba yo que ese director...! decía para mis adentros. Pero un día se publicó, ¡qué emoción! Ni al verlo me lo creía del todo. Lo coloqué debajo del brazo y me di una vuelta por la plaza para ver si veía a algún amigo, pero a esas tempranas horas de aquel verano a nadie encontré. Luego me senté en el sillón de mi padre y, con una naturalidad forzada, me puse a repasar una página tras otra sabiendo que llegaría, por fin, a la mía, "donde salía mi nombre". Pensé en la gente que me leería y comprendí por primera vez y ya para siempre la fuerza y la trascendencia de la prensa escrita. Eran pocos los que leían periódicos, pero sí recuerdo que el librero Colomer y un amigo de mi padre, Carlos Angulo Coronel, me llamaron la atención para felicitarme. Eso ya me compensaba de la larga espera y de la incertidumbre. Aquella noche, antes de dormir, y ya en la cama, volví otra vez a emborracharme de satisfacción, y de tinta, pues de tanto manoseo las hojas se iban quedando en mis dedos, parecía que la prensa escrita era también ya parte de mí mente y de mi cuerpo.
Durante mi estancia en Madrid donde la vida me llevó con una beca, cuando podía iba a comprar el HOY a un quiosco que se encontraba cerca del Metro de Callao, en la Gran Vía, justo delante de una sala de fiestas que se llamaba Pasapoga. Iba y volvía en metro y durante el viaje de regreso desde Callao hasta Diego de León, leía las noticias de mi tierra.
Mis dos maestros de los lejanos años infantiles, Casimiro González y Luis González Willemenot, fueron corresponsales de HOY y colaboradores. Luis incluso firmaba como columnista una sección muy celebrada y rimada en la prensa regional que aparecía bajo el título de "Humor en verso". Creo que de los dos y de esa curiosidad que me infundió sin él saberlo el enjuto y acartonado repartidor de prensa susurrando día a día los titulares, heredé mi devoción literaria y al periodismo, que fue creciendo y que me ha permitido explayar buena parte de mis inquietudes. Y en gran medida y al hilo de la actualidad, ha sido el diario HOY el periódico depositario de no pocas inspiraciones.
Puedo confesar por todo ello que la prensa escrita que llegaba a mi pueblo fue mi primera escuela de periodismo. Incluso en aquel viejo Madrid de censuras y grises, y durante los años de mis estudios universitarios y mi vida en otras ciudades, jamás estuve ajeno a algún diario, pues creí, y creo, que el periodismo tiene categoría literaria y estilo propio, con la misma razón con que la pueda contener la poesía o el ensayo.
Cuando el día 4 de noviembre de 2008, Barack Obama se convirtió en Presidente de los EE UU por el Partido Demócrata, yo leí la noticia en HOY. Tengo bien clara aquella mañana, porque al verlo en la fotografía, acharolado de rostro como aquel Estanislao de mi pueblo, pasó por mi mente la resumida historia al considerar que un diario es, con todos sus defectos y gazapos, el pulso de nuestra propia vida. Somos en parte lo que leemos en la prensa y en cierto modo si el hombre hace a la noticia, también es verdad que la noticia hace al hombre.
Cuando yo nací ya estaba el HOY en la calle, y es seguro que cuando muera seguirá llenando las mañanas de papel nuevo en los mostradores de los quioscos y se colará en los buzones y volará antes de amanecer desde una moto en marcha hasta un balcón o un jardín. El periódico es parte sustantiva de la vida del hombre de nuestro tiempo, pero la prensa, en contra de lo que se crea, tiene vida propia. Unas veces nos ofrece la noticia y otras la provocamos, pero el diario custodia un corazón aparte que late por su cuenta y nunca se le domina del todo. Ni la redacción, ni el periodista, ni el director de prensa puede torcerle el pulso a la realidad, ha de contarla, y a veces intentar interpretarla, pero la vida y el periódico siguen su curso por encima de la voluntad del que lo escribe.
Desde aquel Estanislao de chamarra color de chocolate, hasta ver a "Un Negro en la Casa Blanca" he sido testigo en mis días del enorme salto del calendario, que ha transitado desde el burro al ordenador, y de lo que en esta tierra extremeña sucedía entretanto; bien cuando estaba domiciliado en ella como cuando estaba lejos. Y esa es una gratitud que al periódico debo, a un ente que tiene cabeza que llamamos cabecera, y columnas, y color, y cada día amanece con una cara, como nosotros; pues tal vez la cara del periódico sea, como ninguna otra cosa, la definición de la sociedad, el reflejo en letras del alma de la calle. Con ese nuevo semblante, como cada vecino, estrena la luz para ayudar a comprender lo que sucede y afilarnos la percepción para que podamos saber más de nosotros mismos. Cada mañana, querido lector, al leer el periódico, también nos miramos al espejo.

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